En la muerte de Semprún

Se ha muerto Jorge Semprún, de quien siempre tuve un conocimiento muy superficial. Sabía que fue comunista, que fue llevado a Buchenwald por los nazis, que luchó contra Franco en la clandestinidad y que después fue expulsado del PCE por afiliarse al eurocomunismo. Sabía que había apadrinado ese discurso steineriano de Europa, muy atractivo para actos conmemorativos y terceras de El País y vago, autocomplaciente y perezoso de tan elevada. Que fue siempre un seductor y un hombre de película. Felipe González le hizo ministro de cultura, y por voación y biografía llevó como pocos en España ese marchamo europeo que por la geografía y la historia es tan mal de encontrar allí.

Suficiente para leer, una tarde de domingo, varios de sus artículos, comprarle un libro o ver alguna entrevista suya en el you tube. Pero siempre pudo más la aversión a su condición de santo para el establishment del progresismo elevado. La idolotría de los buenos y los guapos al aún más bueno y el más guapo provocan el tedio hacia el objeto de veneración. Quizá éste no siempre sea culpable. Pero una vez insinuada la posibilidad de santidad pocos se atreven a tomar caminos que, aún siendo los correctos, defrauden y pongan en peligro su consecución.

El historial de opiniones y compromisos de los ejemplares está limpio de causas marcadas, por muy justas y oportunas que hubiera sido abrazarlas. La concreción en el pronunciamiento sólo es posible cuando la realidad se ajusta obediente al canon de los buenos. Si los hechos contradicen el patrón que los ha encumbrado los cubrirán con un manto de silencio, o esparcirán sobre ellos la borrasca tranquila de la generalidad, diluyendo en ella culpas, responsabilidades, daños y ventajas.

No conozco bien la vida y la obra de Semprún, y no sé exactamente si todo lo dicho se ajusta al personaje. Siempre tuve esa sensación, y dos textos de dos autores fiables en ABC parecen confirmarlo en parte. Ramón Pérez-Maura y Juan Pedro Quiñonero recuerdan que Semprún hizo de “kapo rojo” en Buchenwald, y le afean que no tratara “de frente y con claridad moral” las relaciones entre estalinistas como el propio Semprún y nazis en el campo.

Los obituarios más amables son mayoría y también refuerzan mi impresión. Los mejores emanan de pasados románticos en los que se le quiso, y me cuesta imaginar que quienes los firman hubiesen celebrado a Semprún de haberlo conocido el martes. La del eurocomunismo fue su última batalla, y en el eurocomunismo quedó estancada, quizá fuera el último estadio estéticamente aceptable, su evolución ideológica. Después las glosas son por la actitud y la belleza espiritual del discurso. Pero a pesar de ocuparse de dos grandes países y un continente no dejan ver ninguna toma de posición sustancial, decisiva y valiente, como si todo lo que siguió a sus grandes luchas fueran pequeñeces cansinas fuera de su ministerio.

Triste sino el del prestigio, cuando trae más esclavitud que libertad y el miedo a erosionarlo impide utilizarlo en debates necesarios y batallas justas.

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Acerca de mgbarbera

Corresponsal en Bucarest
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2 respuestas a En la muerte de Semprún

  1. Baptist dijo:

    Querido amigo, si, según usted dice, apenas tiene usted un conocimiento muy superficial del personaje, ¿por qué habla usted de él en la hora de su muerte? No lo entiendo bien. ¿No sería más razonable escribir acerca de algo que conozca un poco mejor?

  2. Tifossi dijo:

    Si la muerte de Semprún le ha genereado/recordado una idea sobre la que le ha apetecido escribir, podría haber dejado un poco más claro que se trata de una idea despertada por Semprún y por su muerte, y no del propio fallecido. Pues en este texto parece que quiera usted indicarnos que se dispone a hablar del susodicho ya desde el título. Entrecomíllelo al menos, ¡por diós! Que parece que tira la piedra y esconde la mano. Aunque tal vez le gustan las formas del pícaro o del cobarde, o sea usted un alumno probandose a si mismo. En todo caso huele a deserción. Aplíquese más y mejor.

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