Cuándo, César

Nada da tanta pereza como un abuelo sentencioso. Hace poco, en un día de mucho calor, encontré en El País una entrevista a Menotti. El mismo título -el “fútbol se lo robaron a la gente”- anunciaba ya la colección conocida de viejas imposturas, pero seguí leyendo. Después de que el periodista se levantara la falda llamándole “uno de los grandes oráculos del fútbol” le preguntó por el tabaco. Parece que Menotti ya no fuma. Los médicos se lo han prohibido, y es un buen momento para fruncir el ceño y buscar el primer aplauso con el más barato populismo antigalénico: “los médicos insisten en hacernos la vida más larga y menos agradable. Amargarnos la vida, es lo que hacen”. Pero usted, como en el fútbol, podría haber elegido el placer, pudo haber preguntado el reportero, y desactivar así las risas satisfechas de la mesa del fondo. Si esto es un oráculo, con estas salidas de hogar de jubilados.

La esperada exaltación fundamentalista del Barça -“todos quisieran ser Guardiola, pero la mayoría no sabe cómo se hace”- da paso a la exhibición de su “marxismo hormonal”. Dice que el capitalismo nos lo ha robado todo, empezando por el sentido de pertenencia. Y el lector curioso que espera de un oráculo algo más que hormonas quiere preguntarle cuándo fue el robo, si el sentido de pertenencia aún pertenecía a la gente cuando mandaba Videla y él ganaba el Mundial como obediente soldado de la causa patriótica, que quizá era también la de la gente, entonces.

Parece que sí, sabemos más tarde. Porque el problema son las sociedades anónimas, y que el fútbol sea un negocio “que se come los tiempos”. ¿La solución? Que el Estado tenga “cierta vigilancia” sobre los clubes de fútbol. ¡El Estado, dice! Pero ¿qué hace pensar a Menotti que la intervención de ese Estado que no responde por sus muertos, que tienechicos en la calle y está dirigido por “miserables” mejore la situación?

La conversación llega de nuevo a Guardiola, como es natural, y desemboca en Mourinho. Mourinho, “vaya personaje”. Le acribilla y después se preocupa porque “a Pep” le “están esperando para dispararle”. Hay balaceras y balaceras.

“Le escucho”, dice el periodista hacia el final, como si con estos hombres se pudiera hacer algo más que escuchar.

La entrevista se hace con un libro de Vázquez Montalbán sobre la mesa y acaba con una anécdota de Serrat. El gastadísimo crapulismo decadente, de voz cascada y escupitajo denso. La patética camaradería de lo que estuvo prohibido y su exhibición obscena de final de boda. Todas estas historias viejísimas y sus lecciones sobadas que nunca permitiríamos a nuestros abuelos.

(Publicado en la revista Jot Down el 12 de julio de 2011)

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Acerca de mgbarbera

Corresponsal en Bucarest
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